Las muertes violentas siguen su avance en la ciudad de Guayaquil

Nadie quiere hablar y nadie se siente seguro en Guayaquil. El nivel de violencia en Ecuador ha escalado hasta llegar al punto de ebullición tras el atentado de este fin de semana, que dejó cinco muertos, dos heridos aún en estado crítico y un país consciente de que los tiempos de tranquilidad se han extinguido. El ataque con explosivos, de madrugada y en un barrio del suburbio guayaquileño, traslada al Estado el mensaje de que la acción del narcotráfico ha elevado el tono y está dispuesta a cobrarse víctimas civiles. Hasta ahora, la narrativa oficial hablaba de peleas de territorio entre bandas del crimen organizado.

El ministro de Interior, Patricio Carrillo, lo diagnostica ya como una “ola de violencia irracional” y admite que el atentado podría ser una represalia contra el Estado por las incautaciones de droga del fin de semana: 250 kilos de cocaína en un solo operativo a las afueras de Guayaquil. La otra teoría de la investigación es que fue un ataque dirigido a un residente del barrio de El Cristo del Consuelo, una zona de escasos recursos desatendida desde siempre, conocido como Cucaracha. Sus vecinos, en cambio, lo defienden: lo único que hizo el hombre de 42 años, que resultó herido leve, era regentar una discoteca clandestina donde, precisamente, había una fiesta el sábado cuando estallaron los explosivos a las dos de la mañana.

”Son aficionados que han aprendido desde la química y que usan elementos caseros como acetona y otros”, detalló este lunes el responsable de la política de seguridad del país. “No es lo tradicional como dinamita, pentolita o C4; es un mecanismo que se puede adquirir comercialmente en cualquier lugar y lo van construyendo”, reconoció alarmado, tras visitar el barrio marcado con una cicatriz de fachadas destruidas y tejados inexistentes en nueve casas que ya eran humildes antes de la explosión.

El gran foco de la violencia en Ecuador está concentrado en Guayaquil, que es a su vez la ciudad por cuyos puertos sale más droga de todo el país. La ONU ha puesto en su último informe -el Reporte Mundial de Drogas de 2022- a Ecuador en el tercer lugar con más incautaciones y considera al país ahora también como un punto clave de la ruta de distribución ilegal. El puerto de Guayaquil, de hecho, es también el tercer punto de salida de droga, camuflada en contenedores de mercancías contaminados, con destino hacia Estados Unidos y Europa. En las fotos de las incautaciones, los fardos colocados en el suelo por la policía para su exhibición cubren más superficie.

La ciudad costera ostenta también el récord en otras dos cifras que perfilan el nivel al que han calado las bandas criminales en la rutina de los guayaquileños: de los más de 2.500 asesinatos registrados en este año, un tercio (866) se produjeron en Guayaquil y en las poblaciones vecinas. Es, además, el punto más caliente del país en donde se han cometido la mitad de los ataques con explosivos. De 145 en todo el territorio nacional, la capital económica ecuatoriana registró 72. Pero ninguno de la magnitud del atentado de este sábado, que dejó un boquete de metro y medio con una profundidad de casi 40 centímetros.

La escalada de violencia había ido dejando mensajes de advertencia en los últimos meses, con la aparición de dos cuerpos colgados en un puente en Durán, una ciudad satélite de Guayaquil, y con la colocación de coches bombas en zonas residenciales o comerciales. Y este lunes, en pleno estado de excepción, otras tres personas fueron asesinadas en un cruce de balas, agravando la sensación de inseguridad que ha acallado a quienes viven cerca de los pequeños traficantes y de los miembros de las bandas criminales.

Nadie quiere denunciar, tal y como ha reconocido el ministro de Interior tras el atentado, pese a que hay una recompensa de 10.000 dólares por dar información sobre lo sucedido. Pero el temor se ha extendido también fuera del entorno de esas bandas. Los dueños de pequeños comercios ahora tienen que pagar a las mafias “vacunas extorsivas” mensuales para poder funcionar sin miedo a un ataque y los guayaquileños han aprendido a modificar sus rutinas para no exponerse a más riesgo del necesario.

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